
Es lamentable. Se ha prohibido nuevamente, por parte del Tribunal Constitucional, la entrega de la
pastilla del día después (Postinor 2). La pastilla del día después es un método de anticoncepción, pensada para las parejas que se dejaron llevar por la calentura, para las mujeres que han sufrido la desgracia de la violación en su periodo fértil, etc.
Desde un tiempo hasta ahora, se ha debatido mucho e investigado poco al respecto, cosa de la cual ha resultado una suerte de forcejeo entre dos posturas: estar a favor de repartirla en el sistema público de salud o estar en contra de su distribución en el sistema público de salud (curiosamente, no así en el comercio, pues a precios algo elevados se consigue igual, y nadie cuestiona a las farmacias por venderla).
El tema que provoca la definición es un asunto de valores. La discusión es si la pastillita es abortiva o no lo es. Algunas investigaciones afirman que sí, otras que no, pero dichos estudios no son más que un respaldo a posturas valóricas que se enfrentan constantemente en los pocos campos de batalla donde se discute algo abstracto hoy en día en nuestra sociedad.
¿Qué se puede decir de ambas posiciones? Sin pretender ser muy completo, expondré mi visión del asunto.
Tenemos aquí dos posturas que discuten en torno al tema de si la pastilla es abortiva o no, lo cual hace ver que existe cierto consenso acerca de qué es la vida. Ya tenemos ahí un punto que no se discute, parte del marco normativo que guía la discusión. A raíz de esto, se abre la discusión sobre cuando empieza la vida, qué es la vida y otra serie de preguntas asociadas que tienen que ver exclusivamente con la norma del respeto a la vida y la exigencia clara de una definición. Sin embargo, el asunto de qué es la vida, el derecho a la vida, el cuando comienza, etc. no son el único eje que explica esta dinámica. Está también, y es muy importante, la concepción del individuo. Me atrevería a decir que pese a su falta de protagonismo mediático, el asunto de la individualidad como valor tiene mucho más peso que la vida misma en este tira y afloja.
Tenemos así, dos posturas, que más que preocuparse de la vida, se preocupan de la presencia de la comunidad en la vida individual.
Por un lado, están los grupos autodenominados “pro-vida” (yo me niego rotundamente a llamarles así), muchas veces ligados al catolicismo, sostienen que Dios da y quita la vida, etc. y que cualquier intervención humana no es moralmente correcta en lo que a decidir sobre la vida de un ser humano se refiere. Hay una idea del alma, y de que esta se adquiere en plena concepción, etc. También los hay más moderados. Esta postura, desde fanáticos hasta moderados, tienen una inclinación hacia una visión comunitaria de la vida y de lo que el sujeto hace con la propia vida, y para ellos es la comunidad la que debe regular, explícitamente, las responsabilidades del sujeto a nivel de la propia conciencia, y que ojalá cada conciencia sintonice y actúe conforme a una moral que está amparada en la existencia de Dios. De ese modo, la conciencia debiese estar guiada por el grupo. Es así como encontramos tendencias a querer regular esta clase de cosas. Y una norma para esta tendencia es el garantizar la existencia de una vida que puede gestarse naturalmente; la falta a la norma del grupo por parte de un individuo es interrumpir, por medios a su alcance, lo que el grupo reconoce como la labor de Dios o de la naturaleza. De este lado siempre se teme que la gente actúe por capricho, o por cualquier desviación que un impulso puramente individual pueda provocar respecto al grupo del que forma parte y que claro, regula, con su moral, su comportamiento
Por otro lado tenemos el grupo que está a favor de la distribución de este método de anticoncepción; aquí se tiene una tendencia más individualista, en el sentido que apoya una mayor autonomía de la conciencia del individuo, y aboga por un mayor respeto de la propia individualidad, al comportamiento que se tiene para con uno mismo. Esto no quiere decir que acá no exista noción de grupo, o que en este caso no hay sociedad que regule el comportamiento individual (de eso no escapa nadie); es solo que la lógica comunitaria de control del primer grupo no está presente, o no es significativa. Se fomenta la libertad del individuo (la mujer) de poder hacer con su cuerpo lo que quiera y sea mejor para la planificación de su propia vida, el actuar es algo personal, no grupal, la igualdad no es aquí el estar sometidos a una norma común respaldada por la existencia de un ser superior – Dios – que es expresión de lo justo y lo correcto, sino que el valor que regula, en este grupo, el comportamiento social es el respeto a la propia individualidad y el reconocimiento de la conciencia de cada sujeto.
Es así como estas dos posturas chocan irreconciliablemente. Individualidad y vida son los valores que aquí, combinados se disputan. Hay semejanza en que la vida es importante, pero no en la definición de vida y sus límites. Pero un quiebre mayor lo encontramos en la noción de individuo en relación a un grupo o comunidad (real o supuesta) en lo referente a la responsabilidad del sujeto con la vida
Lo de la pastilla del día después no es otra cosa que demostraciones de fuerza, y el deseo de imponer una visión determinada… a parte de la sociedad, ya que como se puede ver, al mercado no llega el asunto valórico. Nadie ha intentado impedir su comercialización en las farmacias, donde al parecer es la estructura de precios la que determina la posibilidad del sujeto de poder elegir sus valores orientadores, y donde ni una discusión tan trascendente como la asociada a la vida es razón suficiente para arriesgar la credibilidad del país como economía de mercado. ¿En qué terminará todo esto? No tengo idea. Posiblemente podemos esperar nuevas resoluciones a favor de la pildorita. Quien sabe
Si de tomar posición se trata, creo que en este caso adscribiría a una postura como la del grupo dos. En todo caso, para mí el hecho de que el uso de la pastilla no tenga riesgos médicos considerables es razón suficiente para que se distribuya en todas partes para que todos tengan acceso a la posibilidad de planificación familiar. Pienso que debiera hacerse más visible su existencia. Dejar que el mercado decida, a través de la estructura de precios, quién puede o no acceder a la oportunidad de planificar no me parece justo ni conveniente.