Chile ayuda a Chile

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sábado, octubre 24, 2009

TIENEN HAMBRE

Leí en internet que hoy en día, un sexto de la población mundial está afectada por el hambre. A su vez, en el mundo se ha producido comida como nunca antes. El problema sería la falta de acceso al alimento, ya que en muchas de las regiones que este sobra hay hambrientos. ¿Qué es lo que no está funcionando? Sin pretender determinar nada, expongo algunas posibilidades:

Desigualdad de distribución de los recursos

No todos tienen el mismo acceso a bienes, tanto en cantidad como en calidad. Desde la revolución industrial, el acceso a bienes está, para la gran mayoría de la gente, dado por la posición que se ocupa en el mercado de trabajo. Pero en las sociedades de mercado, no todos los humanos participan del mercado, vale decir, no todos son parte de la sociedad. En sociedades con más recursos, algunos son destinados a aquellos que están al margen, en forma de bonos y similares, para poder acceder a un mínimo que sus ingresos por sí solos no permiten acceder. En el caso de naciones pobres, estar al margen es pasar – y morir de – hambre.

Prioridad política

La sana alimentación de la gente siempre ha sido considerada, en primer lugar, una responsabilidad individual. Esta creencia inhibe la voluntad política en los Estados, tanto para solucionar un problema interno como para prestar ayudas internacionales, convirtiéndose en este sentido la ayuda humanitaria en actos de caridad o de influencia internacional. La crisis económica evidenció un ágil despliegue de ayuda económica a bancos y grandes empresas que estaban por quebrar o que quebraron, sin escatimarse en gasto alguno. Por otro lado, disponer de armamento para cuidar las fronteras es otro ítem en el cual no se puede dejar de gastar. Así, el miedo del Estado (traspasable fácilmente a grandes masas a través de los medios de comunicación masiva) es más importante que el miedo individual de miles o millones a morir de hambre, temor inexistente políticamente, temor que no es traspasado al resto de la sociedad.

El mercado de los alimentos

El avance tecnológico ha permitido que se incremente la producción de alimentos. Pero dicho avance, lejos de estar orientado a la solución de un problema, parece enfocarse más bien en un potencial mercado donde “agentes filántropos” (Estados y otras organizaciones o poder económico privado bienintencionado) consumen por aquellos que no pueden en el mercado para hacer la transferencia a quienes se ubican al otro lado del borde del mismo. Un aumento de los precios de los alimentos (provocado por crisis, cuestiones climáticas o cambio de decisiones respecto al uso de la tierra cultivable, etc.) disminuye el poder económico para ayudar.

Sobras y desechos

¿Quién come todo lo que dispone para alimentarse? Posiblemente nadie. Siempre hay sobras. Y ese es un problema de “gestión” o utilización de los alimentos tanto en los hogares como a nivel social. No tengo idea de cuantos kilos de desechos alimenticios se generan por hogar al año, pero debe ser bastante, si consideramos que muchas veces van a parar a la basura: pan añejo, exceso de fruta y verdura que se pudre antes de ser comida, el resto de un plato de comida (un poco de arroz, fideos, salsas, etc.), alimentos mal cocinados (cosas que se queman o quedan crudas; situación tanto de hogar como de restaurantes, o fallas en el transporte de alimentos), los restos casi imposibles de rescatar que quedan en los envases, y un largo etc. Todo eso se va sumando, haciendo que, dado como están organizadas nuestras vidas, la alimentación de cada cual incluye un porcentaje de desecho de alimentos. Es decir, la eficiencia del ser humano moderno para alimentarse – o, siendo más precisos, consumir los alimentos – es, al menos, cuestionable. Si uno reflexiona sobre el tránsito y proceso que pasa cada cosa que consume para alimentarse, podría dimensionar cuanto se pierde en el camino al consumo, y en el consumir mismo de ese bien.

En este sentido, cada N cantidad de nutrientes consumidos, hay X desechados (alimentos que se convierten en basura). Si se aumenta los X desechados, se necesita incrementar los alimentos extraídos (de un mercado o de la naturaleza) para ingerir la N cantidad de nutrientes que el cuerpo necesita; si se disminuye los X nutrientes desechados, pues se necesita extraer menos cantidad de alimentos de la naturaleza, habiendo más de aquellos disponibles para los demás. Incrementando la eficiencia en los hábitos alimenticios, se dejan en el mercado – o en la naturaleza, si se prefiere – más recursos alimenticios para todos los demás, siendo aquello una parte de la solución al problema del hambre.

Concluyendo…

De este modo, el hambre es resultado no sólo de la decisión de los grandes poderes que “dominan al mundo”, no es sólo “cosa del mercado”; es también un asunto en que todos podríamos estar involucrados de alguna manera en nuestras costumbres, y en lo que hacemos por mantenerlas o cambiarlas.

viernes, septiembre 25, 2009

¿CUÁNTA ENERGÍA SE CONSUME….?

Me pregunto cuánta energía se gastará cuando usamos la TV en los momentos en que no obtenemos provecho alguno de ella, es decir, cuando se hace zapping, se exhiben comerciales, y todo aquello que no tiene que ver con lo que observamos o nos interesa. Ignoro si hay estudios (si alguien sabe, por favor, comparta la información).

Por ejemplo, puedo decir que un capítulo de dibujos animados ocupa media mas o menos media hora de tiempo para su exhibición en la TV, pero el capítulo dura, en verdad, unos 23 minutos, vale decir, hay 7 minutos perdidos (comerciales y otras cosas). Y el capítulo de una típica serie gringa, como “Los Expedientes Secretos X” o “Lost”, dura una hora de acuerdo a la programación televisiva, pero el contenido mismo no pasa los 45 minutos: 15 minutos perdidos en publicidad y estupideces. Y, por otro lado, quién sabe cuánto tiempo pierde cada sujeto cambiando de canal mientras busca y decide qué es lo que finalmente va a ver… Sospecho que eso se traduce en mucha pérdida de energía.

Y la desventaja no sólo está en el derroche de energía, ocupada en “hacer nada” (pues en esos momentos, uno no ocupa la TV). También implica perder tiempo. Al ojo, se podría pensar que alguien que ve TV dos horas al día pierde al menos media hora (suponiendo que ve cosas determinadas y no anda cambiando de canal). Y uno no elige cuando ver los programas, salvo que los dejen grabando para ver en otro momento.

Sin duda, si bien mirar TV es uno de los pasatiempos más fáciles en cuanto al esfuerzo personal requerido para llevarlo a cabo, es, al mismo tiempo, sumamente ineficiente en cuanto al aprovechamiento de la energía y el tiempo, y por ende, del poco esfuerzo personal que a ello se destina.

Lo anterior se hace más patente si se compara el ver TV con leer o hacer deporte (por ejemplo, jugar futbol). Estas dos ultimas actividades, junto con dar mucho más posibilidades de elegir cuándo se hace, permite el aprovechamiento de la totalidad del tiempo y energía invertido. Cuando uno lee, todo el tiempo se está aprovechando el libro (o lo que se lea) y se ocupa la vista, mente, y la luz del entorno, etc. para dicha finalidad y aprovechamiento personal; además, el uso de energía es reducido. Haciendo deporte, todo el tiempo se utiliza provechosamente la energía puesta en aquello, en cada segundo obtengo beneficios de la inversión de energía y tiempo, traducidos en las diferentes ventajas de la práctica de un deporte. En fin, si dedico dos horas a leer, estaré dos horas inserto en el contenido del libro; si hago deporte por dos horas, todo ese tiempo me estaré ejercitando. En ningún caso pierdo media hora.

Aunque ver TV puede ser más fácil y requerir menos esfuerzo personal, en términos de uso de energía y tiempo, es ineficiente para un sujeto. Y en el despilfarro entra en juego el emisor de los programas televisivos y el mercado en el cual está inserto; pues, para transmitir un programa de TV se debe estar dispuesto a destinar energía y tiempo en la transmisión de publicidad y otras cosas ajenas al contenido mismo del producto que se transmite. Sin la publicidad y otras basuras visuales que interrumpen lo que uno está viendo, los canales de TV no son viables económicamente.

Por otra parte, la falta de control personal en lo transmitido en la TV produce pérdida de tiempo personal – y energía para mantener el televisor en funcionamiento – en el llamado zapping. De este modo, no cabe duda que se aprovecha mejor el tiempo haciendo otra cosa, por ejemplo, leer o hacer deporte, donde el uso de la energía y tiempo invertido es mucho más eficaz y provechoso; y donde no hay que destinar parte del propio tiempo en transmisiones de publicidad y cosas por el estilo, negocio en el cual el televidente no gana nada.



sábado, septiembre 08, 2007

MEDIO AMBIENTE HOY, UNA MIRADA BREVE A LA DISCUSIÓN

Motivado al leer ésta y esta reflexión de Yayo Salva, me he dispuesto a escribir la siguiente reflexión. Me referiré a la discusión en torno al medioambiente.


Cada vez es más presente en los medios el referirse – pocas veces seriamene – acerca de la temática medioambiental. Diversas visiones de unos y otros, generalmente guiadas por el interés particular más que el interés colectivo que debiese existir, se hace advertencia del problema, se habla de medidas que pueden adoptar los actores sociales más relevantes o bien cada ciudadano, etc. Pero me resulta inevitable preguntarme lo siguiente: ¿Hacia dónde llevan las propuestas para mejorar el cuidado de nuestro medio ambiente natural? ¿Cuáles son los desafíos reales que se plantea la humanidad – o la pequeña parte de ella que concentra el poder – y cuáles son tan sólo slogan?

Niveles de la discusión

Me da la sensación que la discusión acerca de la relación con el medioambiente natural se está dando en los siguientes niveles o dimensiones, las cuales se entremezclan y presentan en nuestro mundo y al interior de cada nación a la vez, creando entonces una serie de confusiones acerca de los compromisos a asumir y antagonismos que no pasan de ser una poco feliz fantasía que a todos nos perjudica:

Límites del entorno natural: Se ha tomado conciencia acerca de la necesidad de considerar al medio ambiente en las necesidades políticas, sociales y económicas en nuestro tiempo, aunque está ausente en el enfoque económico predominante. Comienza a desarrollarse cierta conciencia de que el medio ambiente tiene su límite, que la acción humana tiene efectos presentes y futuros que pueden ser nocivos. Así se muestra en documentales y publicaciones como las aguas en que se depositan desperdicios llegan al mar, contaminan los peces que luego uno come, cómo los contaminantes afectan a las generaciones presentes y futura de animales que componen los ecosistemas afectados, etc. o cómo la contaminación del aire producida en una región se traslada con los vientos a otra, etc. etc. Podemos ver que el uso irresponsable de los recursos puede generar grandes cambios en los ecosistemas locales y repercutir a nivel global, amenazando a mucha gente de una pobreza futura. Aquí tenemos una combinación de constatación de hechos reales con una declaración de principios. En este nivel no se aprecian compromisos concretos, y quienes más ruido hacen son los ecologistas con prensa, sobretodo los que practican el “ecomárketing” (¿les suena eso de “¡¡apaguemos todo aparato eléctrico desde las 7 PM a las 8 PM para darle un respiro al planeta!!”?… a eso me refiero).

Contrato social de relación con el medio ambiente: comienzan a florecer las ideas de carácter político y económico que suponen a los Estados, potencias económicas privadas y sociedades, asumir un compromiso (lo que quiere decir, por cierto, sacrificio) Es en este nivel de “propuesta de compromiso” (en que observamos acuerdos como el Protocolo de Kyoto) observamos dos subdimensiones:
1. Dicotomía Adscribo/No adscribo: la intención de adscribir y someterse a algún tipo de “contrato social” en relación al medio ambiente, que establecería pautas de relación del individuo, actores sociales y sociedades en su conjunto con su entorno natural o si se quiere, con su planeta todo. Por lo general se resuelve a nivel estatal con influencia de empresas transnacionales. Este es el asunto donde exclusivamente se ha puesto la mirada, intencionadamente a mi parecer, y por que es más fácil también para la prensa mediocre y para el “marketing ambiental (nótese que la mayoría de las denuncias se asocian a este tema, a quién cumple con los acuerdos, quien protege o no protege el medio ambiente de acuerdo a lo establecido, quién falta a la normativa ambiental, etc.).
2. Contenido del “contrato social ambiental”: habiéndose tomado la opción “adscribo” en la dicotomía anterior, la intención tras el acuerdo, el tipo de acuerdo que se pretende establecer para ver qué se cambia y qué permanece constante. Este es el asunto principal a mi parecer, pero donde apuntan escasas miradas. Se trata aquí de qué decisiones políticas, económicas y sociales se han de tomar, qué lugar ocupa la dimensión cultural, etc., vale decir, el contenido de cualquier contrato social y/o global propuesto sobre el cual se decide adscribir. Se definen responsabilidades, derechos, obligaciones, la relación con el medio, políticas, lo que es lo mismo que definir la lógica de explotación de los recursos, la relación capitalismo-medioambiente para ver cómo meter el medioambiente en el actual mapa político y económico mundial. Hoy en día se trata de lo aceptable para el orden mundial, es decir, de no alterarlo demasiado.

Contrario a lo que la mayoría de los denunciantes hacen, me parece que es en el contenido de estos “contratos sociales ambientales” en donde hay que poner mayor atención, ya que es ahí donde finalmente se define si será viable, o bien si es realmente la intención, el preservar el entorno natural y conseguir el desarrollo sustentable.


Pero para no quedarnos en tanta abstracción, les dejo el siguiente compilado de imágenes, que es a fin de cuenta, de lo que estamos hablando.


Nota: las fotografías del video son en su mayoría sacadas por mí, otras tantas por un amigo. La música del video corresponde a Yoko Kanno

domingo, abril 23, 2006

¿DE QUIÉN ES EL MEDIO AMBIENTE?


Al ver las noticias nos damos cuenta que tanto en nuestro país como en algunos países extranjeros se producen atropellos al ambiente que nos rodea y el cual habitamos. Mares contaminados, basurales clandestinos, altos índices de contaminación atmosférica, etc. son las expresiones de esta situación. Y nadie tiene la culpa de nada cuando los intentos por convencer a la ciudadanía de que nada grave esta pasando fallan. Nos encontramos incluso en una situación en que el defender el medio ambiente puede conspirar en contra del estatus social o prestigio individual de un sujeto, viéndose condenado al rótulo de ecologista fanático o hippie buena onda. Sin duda no hay conciencia de la importancia que tiene el medio en que vivimos para la reproducción material y simbólica de una sociedad y que los perjuicios se distribuyen de modo desigual en las sociedades siendo los que más contaminan los que menos lo sufren. Pero nada nuevo se aporta al seguir denunciando desde este ángulo esta situación.

A raíz de lo anterior planteo esta pregunta: ¿De quién es el medio ambiente? ¿A quien pertenece el planeta que habitamos?

Vivimos en un mundo globalizado cuyas sociedades se vinculan cada vez más entre sí perdiendo poder el aparato Estado y ganando importancia las empresas transnacionales. A nivel nacional e internacional el mercado aparece como instancia de coordinación social y distribuidor de ingresos. Lo público parece perder importancia. Y en una sociedad de mercado, en un modelo económico capitalista, no se piensa en término de sociedades sino de individuos. Se supone que cada sujeto asistiría al mercado y tomaría decisiones racionales desde su posición para maximizar sus intereses y de este modo se ordenaría mágicamente la sociedad. Desde este punto de vista, lo que es de todos no es de nadie simplemente porque no existe “todos”. Con sociedades que no se organizan como sociedades no podemos esperar que existan muchas iniciativas de cuidado del medio ambiente, puesto que como es de todos no es de nadie. Como el proteger el medio ambiente no maximiza ningún interés individual, ahí quedó botado y se sigue destruyendo sin pensar en nada. Es más, esta destrucción se enmarca en una dinámica de distribución desigual del ingreso a la vez que refleja las diferencias sociales en la medida que se distribuye desigualmente el riesgo asociado al daño medioambiental.

Me vuelvo a preguntar: ¿De quién diablos es el medioambiente? Las desigualdades sociales no permiten igualdad de oportunidades de aprovechamiento del medioambiente. Y la desregulación de los mercados nos aleja más aun de esta posibilidad. Es cada vez más difícil sentir que un entorno diferente del barrio o el que asociamos a nuestra familia (o el lugar en que uno creció, etc.) como propio.

Por otra parte, no es claro a quien corresponde la responsabilidad de su cuidado. Las políticas de cuidado ambiental siempre otorgan la responsabilidad a quienes basan su existencia en explotarlo (sean grandes empresas, pesca artesanal, etc.) y no todos los agentes que necesitan explotarlo pueden encargarse de ello. Por otro lado, muchas veces las grandes empresas ponen en pugna al medioambiente con las necesidades de la población económicamente activa de una nación, con argumentos como que “con tantos impedimentos se frena la inversión y no podemos dar trabajo”, etc. Y nada de ayuda estatal, ni consensos ni nada. Parece que en actual modelo no hay una clase, estrato o sector social que tenga al medio ambiente definido como algo importante. Al no existir intereses colectivos se hace muy complicado generar acciones o políticas de defensa del medio ambiente. Este no se asocia al interés económico de ningún sector en el corto plazo y, como no hay cultura ni conciencia medioambiental, tampoco existe un interés a largo plazo. Asimismo el modelo económico ignora la existencia del medioambiente. Entonces, como no es de nadie, nadie se quiere hacer responsable (esto porque se tiende a ver beneficios sólo en aquello que se considera como propio). No es que todos sean malos y destruyan por maldad el medio en que vivimos (aunque claramente hay algunos egoístas – en todos los sectores sociales y en todas las naciones – que podrían ser catalogados así) sino que nadie quiere asumir la responsabilidad que individualmente o para tan sólo un grupo de personas resulta demasiado grande y costosa en una dinámica de mercado capitalista.

Dada esta situación, el medioambiente no es de nadie porque es de “todos”, un “todos” que no existe para el mercado que está encargado actualmente de coordinar la vida social.

No obstante lo anterior, el ser humano es un ser consciente, y la conciencia implica la posibilidad de tomar decisiones. En este sentido es que, a nivel individual, se hace necesario reflexionar sobre el medioambiente y sobre la relación que se tiene con aquél.

Podemos partir señalando que el lugar donde desarrollamos cada uno nuestra propia vida es, justamente, el medioambiente: nuestro medioambiente. Es decir, el medioambiente es más que un conjunto de bosques autóctonos o las ballenas en el mar. Cada vez que visitamos una plaza, caminamos por la calle, vamos al liceo o el trabajo, nos juntamos con nuestros amigos y amigas, etc. estamos en contacto con nuestro entorno. Aquello quiere decir que cuando uno hace algo por el medioambiente lo hace por el lugar en el cual vive, lo hace, finalmente, por uno mismo y por aquellos a quienes ama, quiere y aprecia.

Podemos ver, entonces, que todo espacio público es parte del medioambiente – y no sólo los parques nacionales o los mares donde nadan simpáticos delfines. ¿De quien es ese espacio público?

Nuestro actual estilo de vida en una sociedad de mercado nos induce a creer que no es de nadie, dado que tiende a definir que sólo aquello que posees para ti te pertenece (lo cual, por cierto, es mentira) o que al menos, tiene valor para ti sólo aquello que te pertenece exclusivamente a ti (a fin de cuentas, aquello que te compras o que, de cualquier manera consigues algún objeto – y que ello le quede claro a todo el mundo el acto mismo de conseguirlo – que es únicamente para ti). Así la noción de propiedad se reduce a tu relación con el objeto de tu propiedad donde la única responsabilidad reconocible es la de hacer lo posible por conservarlo o consumirlo (refiriéndose en este caso los bienes destinados a desaparecer, como los alimentos). Un buen ejemplo es el agua: el agua del río es pública – o de nadie, en el enfoque común – y ahí circula y uno la mira. Si está limpia, uno puede sacar un poco y beber o regar plantitas con ella o bien refrescarse la cara. Nadie la reconoce como propia, simplemente se le utiliza. Pero la misma agua uno la mete en una botella y la puede vender, como propia. De hecho, muchas empresas lo hacen (algunas incluso usan agua de la llave) y hay quien la compra y asegura que es de él o ella, según sea. Pagó por el agua así que le pertenece. Así, las personas tendemos a reconocer como propia un agua la cual fue adquirida en un mercado (independiente de si la adquisición o apropiación es lícita o no). Es, si uno le presta atención, curioso y hasta misterioso, pese a lo común que resulta. En todo caso, no debemos olvidar lo que nos señala Sherlock Holmes (el detective creado por Arthur Conan Doyle): “no hay que confundir lo poco usual con lo misterioso”. Y es que, a la luz de la reflexión y las preguntas lo usual y común puede revelarnos su extrañeza.

Volviendo al tema, así como con el agua, ocurre con lo demás. Y el detalle de nuestras sociedades, los sujetos que la habitamos, es que no reconocemos como propio los espacios públicos. A lo sumo son lugares o espacios donde nos topamos con otros, espacios de nadie por lo que no suponen ninguna responsabilidad para nosotros. Aquello nos puede volver insensibles y desinteresados de su cuidado y su estética, e inconscientes e ignaros respecto a la importancia de su cuidado para nuestro propio bienestar. Por ejemplo: no es usual que la gente tire los papeles o cáscaras de cosas en el suelo de su casa o departamento; lamentablemente sí lo es que sean depositados en calles y plazas (sin hacer el esfuerzo, a mi parecer no muy grande, de caminar hacia un basurero, o guardarlo hasta encontrarse con uno en el camino a casa). ¿Cuál es la diferencia entre la casa o departamento y la plaza? La casa o departamento – se percibe que – es de uno, la plaza, en cambio – se percibe que – no lo es.

Es importante que el espacio público sea reconocido como propio, que el mundo sea considerado un hogar. Trabajar en ello es hacer mucho por el medio en el cual vivimos. Se trata de bienes propios pero compartidos. No es cosa de nadie, es algo de todos cuyo provecho debiera ser para todos. Aquello implica una gran responsabilidad: cuidar el medioambiente como si fuera propio, porque lo es, vale decir, aprender a apreciarlo, a considerarlo como propio, a entender que un medioambiente limpio y libre de contaminación es un derecho (es tanto un derecho humano como un derecho del niño, reconocido explícitamente en ambas declaraciones universales) el cual tenemos tanto el derecho de exigir como el deber y responsabilidad de velar por tal.

Cada lugar en el mundo, de esos que no tienen un cercado que impide el acceso, es un lugar de todos. Cuando uno ensucia una playa o parque, está haciéndoles un mal a todos, está faltando el respecto a todos aquellos que visitan el lugar y lo comparten con uno y está cometiendo una injusticia, y lo peor de todo, se está dañando a sí mismo. El medioambiente es ese lugar donde uno construye la propia vida, donde ocurren sucesos importantes, donde vemos paisajes hermosos, disfrutamos del viento, del sonido de las aves, donde uno camina, disfruta el sabor de algo rico de comer. Y aquello, todo eso, es de uno, y de los demás, de todos.

No se debe olvidar nunca que el hecho de que algo nos pertenezca no significa necesariamente que sólo nos pertenezca a nosotros; y el hecho que algo sea de uno lleva consigo la responsabilidad de cuidarlo y quererlo. Así es con el medioambiente, que está presente día y noche en tu propia vida y no es algo lejano como muchas veces quienes nos presentan el tema nos hacen suponer cuando hablan de problemas que parecen tan ajenos a la propia vida (y que, sin que nos demos cuenta inciden de manera más fuerte de la que quisiéramos en nuestro diario vivir) como la tala de boques de alerce autóctono, la caza de ballenas y la extinción de especies, entre muchos otros.

Nada es de nadie y muchas cosas son de todos. El medioambiente es de todos por derecho. El desafío y responsabilidad patentes es convertir aquello en un hecho.

Nota: las fotografías son mías