como me veo
solo quiero
verme
Reflexiones y miradas de tinte sociológico, y poesía sin vanidad. Bienvenida toda opinión y comentario
Me encontraba con Felipe y Javier, amigos y compañeros de viaje, en un hospedaje en
Un par de días más tarde tomamos un tour que partió de
Llegamos el grupo de turistas, y las carpas fueron instaladas en un sector entre el grupo de modestas construcciones que habitaban los integrantes de dicha comunidad, por un lado, y la selva, por el otro. Inevitablemente los tres nos sentimos invadidos por el extraño sentimiento que implica la irrupción casi forzada a un lugar. Y es que los tour suelen estar organizados de manera tal que predomina un criterio en el cual pareciese que el pagar hace al cliente automáticamente merecedor del derecho de invadir un lugar del cual no se es parte, del cual ni siquiera se es un invitado; se asume, desde la lógica de tour, una mirada vertical, donde el turista mira de arriba hacia abajo a sujetos con extrañas y “primitivas” costumbres objeto de una curiosidad que muchas veces se torna desdeñosa. El lugar y sus moradores se convierten en objetos de entretenimiento.
Así, como turistas, como gente que pagó por visitar un lugar, sea o no la intención que uno tenga, inevitablemente adopta los actos de un pedante y prepotente (que se pueden mitigar con un poco de criterio) que siente derecho de observarlo todo cuanto sea posible: las casas, las ropas, los espacios abiertos, la intimidad de los habitantes, de manera casi obscena. Por respeto y pudor no puse mis narices en todas partes. Y es que si se metiera un extranjero que no conozco a sacar fotos hasta al baño de mi casa, seguro que no me aguanto las ganas de correrlo a patadas. Así transcurrió la tarde, interrumpida por un paseo por la selva para pescar pirañas inexistentes.
Mas o menos una hora antes de ponerse el sol, Javier me sugiere que juguemos con la pelota. La saqué de la carpa que me habían destinado y segundos después de ponernos a jugar, comienzan a aparecer niños curiosos, unos más tímidos que otros, algunos de los cuales no habíamos visto hasta entonces. Les invitamos a jugar a medida que iban apareciendo. Formamos equipos. Comenzó el juego. Correr, caerse en la resbalosa superficie lodosa que formaba parte del terreno de la improvisada cancha, reírse y hacer tonteras fue lo que hicimos todos hasta poco antes de comer. Y todo cambió…
De pasar a ser una presencia ajena, turistas indiferentes invadiendo el lugar y la intimidad de las costumbres de quienes lo habitan; de ser parte de un grupo de sujetos molestos que están ahí porque han pagado con dólares o moneda local un tour que les ofrecía alojarse junto a una comunidad; en fin, de ser invasores, pasamos a ser amigos de la gente, de los niños principalmente, quienes después no se despegaban de nosotros dos y se mostraban, tras el partido, mucho más comunicativos. Nos convertimos, como si hubiésemos sido partícipes y/u objetos de un mágico y misterioso proceso alquímico, de invasores a invitados, de individuos a quienes se les miraron recelo a sujetos dignos de confianza. De gente extraña de la que se espera se larguen luego a amigos cuya partida se ve con un dejo de tristeza. Una pelota fue lo que hizo posible un vínculo entre seres humanos. Y claro, los niños, quienes cuentan con una increíble capacidad de entregar mucho afecto y cariño a la menor consideración y estimulación que sintonice con aquellos nobles sentimientos positivos, y que por diversas razones van perdiendo en el camino a la adultez.
A la mañana siguiente, antes de subirnos al bote para continuar nuestro camino, jugamos nuevamente. Esta vez Felipe se sumó, al igual que otros dos turistas estadounidenses, de quienes nos hicimos bien amigos. El alcance que tuvo el ponerse a patear una pelota con mayor o menor estilo (pido disculpas a los futboleros por este reduccionismo) se extendió un poco. Y quien sabe cuanto más si hubiese habido más tiempo disponible para observar el extraño suceso y conocer más a los niños, y a sus padres posteriormente.
En estos días, mientras trabajaba avanzando en mi tesis a altas horas de la noche o en las primeras horas de la mañana, a veces paraba un rato para descansar, y veía los juegos olímpicos en televisión, pues me entretiene ver algunas de las competencias.
Hace algunas semanas se vio en las noticias los ataques xenófobos en Sudáfrica, cuyas víctimas, inmigrantes pobres de países vecinos, fueron presa de crudas manifestaciones de violencia. A este grupo de inmigrante se le culpa de los problemas sociales que enfrenta dicha nación, principalmente, el desempleo. Y esto ya es cuento viejo, pues vemos, aunque tal vez con manifestaciones diferentes pero no necesariamente menos despreciables ni violentas, lo mismo en Chile con la inmigración peruana, en EEUU con la inmigración latina, en Europa, con latinos y africanos, etc. Y es una constante que el tema eje de todo ello es la ocupación de puestos de trabajo, situación que al ser combinada con nacionalismo y elementos culturales e identitarios genera hechos de violencia en los que se olvida algo fundamental: independiente de la clasificación que se use, estamos hablando siempre de seres humanos. ¿Por qué se genera esto?
El inmigrante pobre, de baja calificación, suele ofrecer su trabajo por menos dinero que el trabajador nativo del lugar. También abarata su costo el hecho de que su venta de fuerza de trabajo se realiza en mercados laborales informales, donde los derechos y legislación laborales no se hacen presentes, o bien, en mercados formales con formas de contratación que le dejan al margen de beneficios sociales. Es por eso que los hechos de violencia se desatan en sectores más populares y no en otros.
Otro factor a considerar es que el trabajo es el mecanismo por el cual el sujeto se conecta a la sociedad. Ello se expresa, hoy en día en que el trabajo está organizado en torno a un mercado – en cada nación con alguna regulación particular, o sin ninguna – laboral. Sea formal o informal, es por medio de la venta de fuerza de trabajo en el mercado de trabajo donde cada sujeto accede a los bienes que le permiten vivir. De lo contrario, el sujeto queda condenado a la exclusión social, lo que hoy significaría quedar fuera del mundo del consumo.
Entonces – frente a un mundo cambiante que exige una nueva organización del trabajo, cambios en el mercado que suponen flexibilidad y adaptabilidad y un nuevo acuerdo social que regule al trabajo y su mercado – quedar fuera y vivir las penurias de estar sin una fuente de ingresos ha de requerir un culpable: otro que ocupa el propio lugar otrora protegido de cualquier amenaza. Este otro es el inmigrante pobre, competidor del trabajador nativo de escasa calificación, fácilmente reemplazable por estar más dispuesto a trabajar por poco dinero y renuncia a los derechos laborales, y adaptarse, ahí donde la empresa lo requiere, a añejas lógicas de producción taylorista-fordista que aun subsisten en, al menos, muchas partes del llamado tercer mundo.
Otro detalle a considerar es que el nacionalismo, y las fronteras entre países favorecen el actual desarrollo del capital a costa de las oportunidades de los asalariados, puesto que reduce su movilidad geográfica. La necesidad de disminuir la movilidad geográfica para reducir el costo de la fuerza de trabajo es una constante histórica. Antes más brutal que ahora, sigue cumpliendo igual que siempre su función. Si cada sujeto pudiera trasladarse de un país o región a otro, y estar en los mercados formales como cualquier nativo del lugar, sería más factible que subieran los precios de la mano de obra en países pobres y/o daría más solidez a los derechos del asalariado como ciudadano. El mercado informal, posiblemente perdería su razón de ser (como alternativa de adaptación y medio del sujeto de conseguir un puesto de trabajo para proveerse de ingresos cuando la institucionalidad formal no es capaz de absorberlo e integrarlo) si el sujeto asalariado pudiese, sin ser obstaculizado por fronteras entre Estados, acceder al mercado laboral que se le diese la gana. Pero, hoy en día es más fácil que entre a EEUU o a
Mica, una amiga y colega boliviana, me comentaba – y pienso que su opinión es bien confiable – que una parte muy importante de la población de esa ciudad está compuesta por inmigrantes, extranjeros y sorprendentemente muchos paceños. Lo más curioso es que son los inmigrantes los responsables de la prosperidad económica de ese departamento.
Hace tiempo que vengo escuchando acerca de la petición de autonomía del departamento de Santa Cruz. La autonomía es, en esa zona, hace tiempo una bandera de batalla. Sin embargo, no es algo exclusivo de esa zona pese a ser la ciudad de Santa Cruz el lugar emblemático de esta demanda. Cuando viaje a Bolivia – aprovecho de sacar pica – vi, por un lado, que el tema está muy presente, y por otro, que en los demás departamentos existe una sensación de estar “dominados” por el departamento de
El referendo muestra, a mi parecer, una situación en que el sentimiento de deseo de autonomía se ha incrementado de manera importante. A mi juicio, ello se debería al gobierno de Evo Morales, y su insistencia en imponer por la fuerza temas como el indigenismo. Se trata de un gobierno que busca controlar todo desde el Estado, fortaleciéndolo, y al parecer, castiga el emprendimiento individual, la creación de empresa. Políticas que se hacen en nombre de la población indígena.
Más que una cuestión identitaria, creo que el deseo de autonomía es un asunto de política y economía. Más que un asunto del departamento, sospecho que se trata de intereses económicos de grandes empresarios, o bien, de todo aquel que vea dificultades con el gobierno actual, de desenvolverse en una economía de mercado. Pues, es esa la principal diferencia, entre Morales y los autonomistas, pienso yo: por un lado, tenemos a Evo Morales, una mezcla de reivindicación indígena y vieja izquierda, un producto de la situación de parte considerable de la sociedad boliviana, realidad que no se refleja – o se esconde muy bien – en la ciudad de Santa Cruz (pues en otros pueblos de dicho departamento se ve una pobreza que a la vista superficial del viajero es similar a la de pueblos de otros departamentos del país). La autonomía es una buena herramienta para que los intereses económicos de dicho departamento (y eventualmente, toda la zona que busca autonomía) genere las propias regulaciones económicas que más le acomoden. Quizás esto mismo explique la alta abstención e las urnas.
Santa Cruz es el departamento que más ingresos genera en Bolivia (más del 30% del PIB), por lo cual no es raro que quieran más control sobre dichos ingresos. Pero ¿es factible que un gobierno central acepte dicha autonomía cuyo costo es la dificultad de atender las necesidades de departamentos más pobres en el país? Una descentralización semejante del poder implica posiblemente un importante cambio en el mapa político del país. Las diferencias generarían, por una parte, mayor dificultad de gobernar sectores más empobrecidos en los que, si la presencia del Estado disminuye, pierde este legitimidad, al mismo tiempo que el gobierno central la perdería en un departamento donde no sólo las lógicas de convivencia sociales e ideas o proyectos de sociedad son, ahora más que nunca, tan distintos, sino que además, el nuevo escenario supondría una independencia económica que hace del gobierno central algo innecesario, algo de lo que se puede ser independiente y negociar con más fuerza.
Dado lo anterior, en Bolivia la situación es delicada. Conceder autonomías implica cambiar radicalmente la política del Estado, implicaría para el proyecto político de Evo Morales, una situación donde éste se hace probablemente inviable. Conceder autonomía supone renunciar al proyecto político social que el actual gobierno tiene y que – junto con sus seguidores – no duda en imponer, incluso con medidas tan represivas como las que dicen despreciar.
Es lamentable. Se ha prohibido nuevamente, por parte del Tribunal Constitucional, la entrega de la pastilla del día después (Postinor 2). La pastilla del día después es un método de anticoncepción, pensada para las parejas que se dejaron llevar por la calentura, para las mujeres que han sufrido la desgracia de la violación en su periodo fértil, etc. El tema que provoca la definición es un asunto de valores. La discusión es si la pastillita es abortiva o no lo es. Algunas investigaciones afirman que sí, otras que no, pero dichos estudios no son más que un respaldo a posturas valóricas que se enfrentan constantemente en los pocos campos de batalla donde se discute algo abstracto hoy en día en nuestra sociedad.
¿Qué se puede decir de ambas posiciones? Sin pretender ser muy completo, expondré mi visión del asunto.
Tenemos así, dos posturas, que más que preocuparse de la vida, se preocupan de la presencia de la comunidad en la vida individual.
Por un lado, están los grupos autodenominados “pro-vida” (yo me niego rotundamente a llamarles así), muchas veces ligados al catolicismo, sostienen que Dios da y quita la vida, etc. y que cualquier intervención humana no es moralmente correcta en lo que a decidir sobre la vida de un ser humano se refiere. Hay una idea del alma, y de que esta se adquiere en plena concepción, etc. También los hay más moderados. Esta postura, desde fanáticos hasta moderados, tienen una inclinación hacia una visión comunitaria de la vida y de lo que el sujeto hace con la propia vida, y para ellos es la comunidad la que debe regular, explícitamente, las responsabilidades del sujeto a nivel de la propia conciencia, y que ojalá cada conciencia sintonice y actúe conforme a una moral que está amparada en la existencia de Dios. De ese modo, la conciencia debiese estar guiada por el grupo. Es así como encontramos tendencias a querer regular esta clase de cosas. Y una norma para esta tendencia es el garantizar la existencia de una vida que puede gestarse naturalmente; la falta a la norma del grupo por parte de un individuo es interrumpir, por medios a su alcance, lo que el grupo reconoce como la labor de Dios o de la naturaleza. De este lado siempre se teme que la gente actúe por capricho, o por cualquier desviación que un impulso puramente individual pueda provocar respecto al grupo del que forma parte y que claro, regula, con su moral, su comportamiento
Por otro lado tenemos el grupo que está a favor de la distribución de este método de anticoncepción; aquí se tiene una tendencia más individualista, en el sentido que apoya una mayor autonomía de la conciencia del individuo, y aboga por un mayor respeto de la propia individualidad, al comportamiento que se tiene para con uno mismo. Esto no quiere decir que acá no exista noción de grupo, o que en este caso no hay sociedad que regule el comportamiento individual (de eso no escapa nadie); es solo que la lógica comunitaria de control del primer grupo no está presente, o no es significativa. Se fomenta la libertad del individuo (la mujer) de poder hacer con su cuerpo lo que quiera y sea mejor para la planificación de su propia vida, el actuar es algo personal, no grupal, la igualdad no es aquí el estar sometidos a una norma común respaldada por la existencia de un ser superior – Dios – que es expresión de lo justo y lo correcto, sino que el valor que regula, en este grupo, el comportamiento social es el respeto a la propia individualidad y el reconocimiento de la conciencia de cada sujeto.